Lectores

25 may. 2009

El alcalde de Pueblo Chico



Hubo un sitio llamado Pueblo Chico y como todos, tenía sus casitas, sus habitantes, sus pollos y sus patos. El alcalde era bajito, alto, gordo o flaco, eso no preocupaba mucho, lo que sí nos interesa es que tenía un título de sabio hecho de papel de cartucho y era aprendiz de todo y oficial de nada. Su pasión era engañar.

Cierta vez al encontrarse una cola de caballo y disfrutando de antemano de su broma, la puso en el camino. No había transcurrido mucho tiempo, cuando apareció un campesino con dos robustos bueyes. El alcalde se hizo el que inspeccionaba detenidamente la cola.
-Alcalde, ¿qué cosa es eso?
- Una cola de caballo- le respondió con la cara más seria del mundo.
- Sí, ya lo sé, pero ¿porqué la ha enterrado en medio del camino?
- Ah, porque esta cola pertenece a una especie de caballo muy especial. Basta sembrarla, esperar un poco y nace un caballo.
El campesino casi cae del asombro.
- ¡Una mata de caballos! Eso jamás se ha visto.
- Así es, esta cola me regaló un enano barrigón, además basta con cortarle la cola al caballo nacido, sembrarla, y ya se tiene otro.

Al campesino le brillaron los ojos pensando en la cantidad de caballos que obtendría con este procedimiento y le ofreció los dos bueyes a cambio de una maravillosa cola. Para guardar las apariencias el alcalde no quiso aceptarlos, pero luego los tomó alegando no necesitar tantos caballos.

El campesino se fue muy contento con su nueva fortuna y el embustero se quedó revolcándose de la risa e imaginando la siembra.

Al poco rato llegó un alfarero y se asombró al ver al distinguido alcalde tirando de los bueyes. Entonces lleno de curiosidad, le preguntó acerca de esa postura ridícula.

- Dentro de poco seré un hombre rico. Una centella bajará y el que tenga los dos bueyes sujetos por los rabos va a cubrirse de oro.

El alfarero con muchos ruegos le cambió los dos bueyes por su mejor jarrón y se fué sin soltar los rabos.

Un rato después, apareció una viejecita caminando trabajosamente y esta vez nuestro señor alcalde hizo de pregonero.
- ¡Venga, compre su jarrón para rejuvenecerse!.
- ¿Eso es cierto?
- Por supuesto, y digo que solo con bañarse, echándose el agua con el jarrón, bastará para convertirse en una joven fuerte y hermosa.

La viejecita quiso comprar el jarrón inmediatamente, después de mucho regateo acordaron que le daría uno de sus dientes por no tener otra cosa.
El alcalde se desternillaba de la risa, cuando se percató de la procesión que venía por el camino: el campesino con toda una piara de caballos, el alfarero con varios sacos de oro y la viejecita convertida en una joven fuerte y hermosa. Todos le dieron las gracias, por haber sido tan generoso con ellos.
El alcalde miró un pino y dijo:
-Si esto está ocurriendo de verdad, que me aplaste ese árbol.
Y el árbol de inmediato se abalanzó sobre él que de una sola carrera fué hasta el pueblo. Al volver con algunas personas, aún temeroso, quiso mostrarles el fenómeno, y qué sorpresa tuvo nuestro señor, al ver que el árbol se mantenía impávido e inflexible.

Desde ese día el alcalde no dice nada de lo que no esté completamente seguro, y mucho menos una mentira. Aún lamenta haber perdido los bueyes, la cola de caballo mágica, y el jarrón. Pero bueno, al menos le quedó el diente de la viejita.

Si alguien no creyera lo que les he contado que vaya a Pueblo Chico a comprobarlo.
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