Lectores

6 jul. 2010

Serie Labios persuasivos. Capítulo I. La visita de Charlotte


 Esta idea nació en el blog de La luz de Léoen. Cada uno de los participantes se inventó un personaje, luego se escogió al azar un personaje para que todos escribieramos una historia. El personaje ganador fue Charlotte. Así que, aunque un poco tarde, aquí está mi parte. Finalmente, no me salió un cuento exactamente creo que salió algo así como el fragmento de un texto más largo. Por qué? No sé, ji ji, debería preguntarle a mi muso. Bueno aquí va mi fragmento sobre Charlotte. Espero que les guste. :D



La visita de Charlotte

Volví a tocar la puerta todo lo fuerte que pude. Nadie contestó. Al pie de la puerta había una mancha oscura. Pensé que podía ser sangre, pero enseguida hice una mueca de disgusto, no soportaba mi imaginación exacerbada que en más de una ocasión me había metido en líos. Aparté la mirada de la mancha y con cierto pesar miré por la ventana. El cristal estaba tan sucio que parecía gris y el interior, poco iluminado, no me ayudaba a distinguir más que los bultos de algo que, tal vez, fueran unos muebles. 
Suspiré, mortificada. Aquella era la casa de Frederick, mi insoportable compañero de pupitre. Por más que le supliqué a mi profesora que no me pusiera a hacer un trabajo junto con él no pude ni siquiera captar su atención lo suficiente. o sea, que la profesora me ignoró deliberadamente. 
Díganme antisocial, (digan lo que quieran), pero no me gustan los trabajos en equipo. Termino haciéndolo todo yo y los demás se limitan a dar sus nombres para que los anote en la hoja de presentación. Para eso prefiero trabajar sola. Además este trabajo en particular me resulta desagradable. Vamos, todo el mundo sabe que Frederick, es...raro. Alguien que no fuera...raro...no viviría en esta vieja casa. Nadie se atrevería a alquilar este viejo caserón. Por lo que pasó aquí. Y, además, mientras más miraba hacia el interior y mis ojos se acostumbraban a la oscuridad más me daba cuenta de que la familia de Frederick ni siquiera le había quitado las sábanas a los viejos muebles. 


De repente algo captó mi atención. Al fondo de la estancia creo que vi moverse una puerta, alguien o algo la empujó hacia adelante y luego hacia atrás, dos veces seguidas. Luego se cerró. Pude escuchar el ruido de la puerta al chocar contra el marco. O sea que había alguien. No estaba dispuesta a no pasar de curso por culpa de Frederick, el raro, pero tampoco tenía ganas de entrar ahí. Tomé una decisión. Le diría a mi profesora que fui a la casa pero que todo estaba cerrado, pensé mientras ponía la mano sobre el picaporte. Además, era la pura verdad. 
Todo estaba cerra...-pensé, mientras giraba el picaporte y veía,en cámara lenta, como se abría la puerta con un chirrido que me puso los pelos de punta. Ahora sí la había cagado. Miré hacía atrás a ver si alguien me había visto. La calle estaba desierta, pero quien sabe si había alguna vecina detrás de esas oscuras ventanas de la acera de enfrente. Además, estaban mis malditas huellas en el picaporte. Dí un paso hacia adelante, mientras tragaba saliva.
-Hola?-dije. Di un par de pasos más mientras crujían las tablas del piso.
-Frederick? Soy Charlotte. De la clase de ciencias-tartamudeé. 
Me paré en la mitad del salón, en la cinta de luz que entraba por la puerta de entrada, mientras miraba hacia el balcón del segundo piso donde supuse estaban las habitaciones. Entonces escuché un chirrido que no pude identificar bien, solo cuando la oscuridad comenzó a moverse de derecha a izquierda me dí cuenta de que la puerta se estaba cerrando. Miré hacia atrás. La puerta se cerró con un estruendo que me arrancó un grito ahogado. Fui hasta la entrada mientras me repetía una y otra vez, debe haber sido el aire, debe haber sido el aire, debe haber sido el aire. Tomé el picaporte y lo giré, primero lentamente, luego con rabia cuando comprobé que no se abría.
Frente a mis ojos asombrados el picaporte se soltó de la puerta y cayó al suelo. Me miré la mano y terminé de arrancar una uña postiza. Entonces escuché su voz, y era como el sonido de una copa delicada cuando se hace añicos.
-Hum, Charlotte, nunca pensé que sería tan fácil atraerte hasta aquí.
Me volví lentamente. Frederick estaba parado en el balcón del segundo piso. Desde donde yo estaba a duras penas podía ver su rostro oculto por su largo cabello negro como el ala de un cuervo. Él se movió rumbo a la escalera lateral y cuando comenzó a descender los peldaños me percaté de que estaba desnudo del torso para arriba. Su pecho, siempre oculto bajo las enormes camisas que solía usar, ahora se exhibía. Era perfecto. Hermoso como una estatua de mármol. Al pie de la escalera se quedó mirándome un instante mientras sus ojos se dirigían a mis piernas que estaban bastante poco tapadas por una minifalda violeta.

Mientras él terminaba de recorrer los metros que lo separaban de mí, balbuceé una explicación.
-Discúlpame por entrar así. La profesora Ivette nos encargó un trabajo, pero no tienes que hacer nada. Yo lo haré. Solo, solo, vine para que lo supieras y te aprendieras de memoria tu parte, yo…-las últimas palabras las dije retrocediendo hacia la puerta hasta que mi espalda se pegó a la madera. Frederick se me acercó hasta el punto de que podía sentir su aliento, y levantó el brazo apoyándolo por encima de mi cabeza. Había algo salvaje y seductor en él, que yo nunca antes había visto y que me atraía y al mismo tiempo me daba miedo.
-Ivette, ah, ya. Ella siempre va directo al grano-habló de la profesora como si se conocieran desde siempre-pero, la entiendo, tiene razón. No tenemos suficiente tiempo para que sepas la verdad a cucharadas. Debes enterarte de una vez de que eres inmortal.
Solté una risita nerviosa que sofoqué enseguida cuando él siguió mirándome de una manera muy penetrante. Sus ojos verdes parecían que radiografiaban mis pensamientos.
-Te parece una locura, eh? ¿Hay ahora mismo una manera de probártelo? Hum, creo que sí-dijo, mientras en sus ojos había una chispa de diversión. Me agarró por el brazo con una mano que parecía de acero y me arrastró hacia la puerta que había visto moverse desde el exterior. Yo forcejeaba, aterrada, sin que de mi garganta lograra salir un solo sonido. Frederick abrió la puerta, mostrándome un cuarto de baño, con un lavamanos de pedestal y una tina llena de agua en la que me sumergió sin miramientos.
Sentí mi cuerpo sumergirse en el agua helada, y una maraña de mi cabello, casi blanco de tan rubio, se esparció ante mis ojos asustados. Frederick pegó las rodillas al fondo de la tina y su cadera estaba muy pegada a la mía, mientras con una mano me agarraba el cuello. El miedo se esparció por mi cuerpo que se movía a duras penas porque la fuerza de Frederick era descomunal.
No sé cuánto tiempo duró aquella silenciosa lucha, pero llegó un momento en que me detuve, agotada, sin fuerzas. Entonces reparé en que mis pulmones estaban respirando el agua, como si siempre lo hubieran hecho. Frederick me soltó, saliendo de la bañera. Yo me levanté lentamente, con lágrimas en los ojos. Estaba llena de confusión. Pero estaba viva. Él seguía mirándome, divertido.
-Supongo que ahora tendrás muchas preguntas. Contestaré todas las que pueda. Pero-se mordió un labio-deberíamos buscarte una camiseta seca o vas a distraerme-dijo mientras salía del baño. Mire mi pecho allí donde la camiseta empapada mostraba mis senos redondos.
(Continuará)
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