Lectores

23 oct. 2010

Serie Labios persuasivos Capitulo 4

Serie Labios persuasivos

Capitulo 1. La visita de Charlotte

Capítulo 2. Despertar

Capítulo 3. Atracción


Capítulo 4. Génesis

Caminé al lado de Frederick rígida como una tabla. Y durante unos instantes ninguno de los dos dijo nada. Salimos del patio de la escuela y seguimos caminando hacia el parque ecológico que estaba a un par de cuadras de la escuela. Pronto, detrás de los arboles vi los conocidos bancos rojos que rodeaban el estanque. No había absolutamente nadie. Solo se escuchaba el graznido de las aves y el sonido de las hojas de los arboles movidas por el viento.
Comencé a sentir miedo. Comencé a intuir que un lugar desolado como ese junto con un chico lúnatico, fuerte, alto y musculoso no era una buena combinación. Para colmo pensaba que si corría solo lograría acelerar más las cosas y la situación sí que se tornaría violenta para mi.
Todavía sin decir nada Frederick se sentó en un banco y con un gesto me indico que hiciera lo mismo a su lado. Me senté obediente, pero con precaución.
-Lamentablemente no creo que pueda decir o hacer nada que pueda hacerte sentir menos angustiada Charlotte. Y lo siento mucho, de veras.
-Pues no digas nada-contesté exhibiendo la sonrisa más perfecta y angelical de la que soy capaz, esa que se ve en los anuncios de Colgate.
-Por suerte o por desgracia tengo que continuar revelandote ciertos asuntos, es mi responsabilidad.
Asentí repetidamente. Es eso lo que dicen que hay que hacer con los locos, darles la razón todo el tiempo.
-Ok-dije sonriente-mirando disimuladamente a mi alredor, a ver si pasaba alguien. Ni un alma.
- Tus padres no son tus padres.
-Aquí vamos de nuevo-murmuré mientras dejaba caer mi cabeza entre las manos.
-Tu madre era una Aquidraide. Y no una cualquiera. La más importante de Atlantis.  El agua le obecede, era capaz de entablar una comunicación con ese elemento, no lo controlaba simplemente, se hacía uno con él. Podrás imaginar lo importante que es ese poder para una ciudad sumergida. Gracias a eso Atlantis ha sobrevivido hasta hoy. Justamente por eso, tú eres tan importante para nosotros. Tienes todos sus poderes. Esa es tu herencia.
Mientras Frederick hablaba yo intentaba que mi rostro no reflejara ningún tipo de interés, aunque su historia me había despertado recuerdos de mi infancia. Recordaba, como si estuviera viendo una vieja película, a mis padres llevandome a la orilla del mar cada tarde, el único lugar donde podía respirar a mis anchas y donde el sonido de las olas era como un mensaje cifrado que yo no podía comprender. Cosas que olvidé, o crei olvidar al crecer, atribuyendolas a mi imaginación infantil, a mi falta de razón. La misma razón que ahora me impedía creer lo que estaba escuchando de los labios de Frederick. 

-Vas a seguir con eso? A dónde quieres llegar? no me gsutaría tener que llegar al límite de mezclar a las autoridades del colegio en esto, pero ya veo que...-dije agotada.
-Quiero llegar-dijo Frederick, mientras extendía la mano-a que puedas sacar de ti el poder que corre por tus venas-noté que el azul de sus ojos se tornaba más intenso y el agua del estanque se revolvió como si atendiera su llamada. Una esfera de agua salió del estanque y quedó suspendida en el aire. Yo me estremecí. La esfera se acercó a nosotros lentamente. A travéz de ella se podían ver los otros bancos, el césped bien cortado. Cuando estuve frente a mí, se alargó hasta formar una cinta que rodeó el banco donde estabamos sentados. Al mismo tiempo que Frederick movía sus manos lentamente a nuestro alrededor la cinta giraba como si estuviera viva. La luz del sol se reflejaba en ella. Era muy hermoso. Era atemorizante también. Yo estaba como hipnotizada, era mágico.
De repente aquella maravilla cesó y el agua cayó bruscamente al piso mojando mis zapatos. Saliendo de mi ensueño miré a Frederick. Él estaba observando algo más allá del estanque, con el ceño fruncido, tenso. Era la primera vez que veía en él una expresión tan severa y no pude dejar de mirar a ver que observaba.
Entre los delgados arboles del otro lado del estanque una figura oscura nos observaba. Solo se veían su silueta y un par de ojos amarillo-verdoso como los de un reptil, pero sentí que de ella emanaba una maldad tal que el corazón se me encogió.
Frederick me tomó del brazo, apresurado.
- Tenemos que irnos. 
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