Lectores

21 ene. 2011

Serie Labios persuasivos Capítulo 8. Larimar.

                                                         
                                                                  Serie Labios persuasivos



Me levanté a las 5 de la madrugada con una idea fija: tenía que evitar a toda costa que mi madre me llevara a esa playa. El mensaje de Frederick me había llenado de inquietud. ¿Por qué no podía ir justamente a Larimar? Aunque me negaba a creer todo lo que Frederick decía, lo cierto era que yo misma había visto a aquella extraña criatura que me había perseguido cuando salía del colegio...y lo peor de todo, solo yo podía verla. Tenía que evitar que mi madre me llevara a esa playa.
Me levanté sin hacer ruido. La casa estaba a oscuras. Puse mucho cuidado en que mis pasos no despertaran a mi madre cuando pasé por enfrente de su habitación. Entré a la cocina, no hacía falta encender la luz, enseguida encontré donde ella guardaba los cuchillos. Abrí la puerta del patio y salí a la calle.
Media hora después regresaba con las manos adoloridas. Había pasado mucho trabajo pero finalmente había conseguido pincharle los neumáticos al auto de mi madre. Los cuatro. Lavé el cuchillo, lo dejé donde estaba y en puntillas regresé a mi habitación.
Cuando pasé frente a la puerta de su cuarto me sentí tentada de entrar y robar su tarjeta de crédito pero pensar que podía despertarse y sorprenderme en el acto me puso los pelos de punta. Me acosté en la cama. ¡No sabía que otra cosa hacer!Aunque destruyera la impresión que ella tenía de la reservación en el resort, en esos lugares ya tenían todo digitalizado...bueno, también podía enfermarme, pero me quedaban pocas horas para debutar con una fiebre o una varicela aparatosa. Ella no me creería ninguna enfermedad que no se pudiera ver o registrar de alguna forma.
Suspiré y me quede tranquila esperando que amaneciera, creo que me quedé medio dormida porque me sobresalté cuando llamaron a la puerta.
-Buen día-saludó alegre mi madre-supongo que tienes ya todo preparado, eh. Se arregló la gorrita que llevaba y le dio una miradita de inspección a las gafas de sol que llevaba en la mano.
-Más o menos...-musité, sin mucho entusiasmo.
-Bueno, vamos a desayunar. Baja con tus cosas que no quiero coger todo el sol de la carretera.
-Hum...-gruñí.
Cuando entré en la cocina ella estaba colocando un huevo frito en mi plato. Me tomé el jugo de naranja y comencé a comerme el huevo mientras sentía maripositas en mi estómago. Mi madre subió a la habitación y bajó con un bolso grande de florecitas.
-Venga, nos vamos ya. Y salimos a la calle.
Enseguida se dio cuenta de que las gomas del auto estaban sin aire. Y me miró achinando los ojos, como solo ella sabe hacer. Yo tragué saliva.
-Si crees que tengo un coeficiente intelectual tan bajo como para no darme cuenta de que eres la responsable de esto, me subestimas y mucho-dijo mientras abría su celular-no te preocupes, ahora mismo voy a llamar a un taxi para que nos lleve a la estación de guaguas. Es una verdadera lástima, en nuestro propio auto hubiéramos ido más cómodas, pero así lo has querido.
Y cuando me vi en esa guagua, al lado de un sacerdote que leía la biblia entendí que nada me salvaría de ir a Larimar. Era el destino el que marcaba de aquella manera mi fin de semana y me resigné de la mejor manera que uno puedo resignarse en un autobús: apoyando la cabeza contra el asiento y durmiéndose.
Cuando me desperté mi indisciplinado cuerpo había cambiado de posición y estaba apoyada contra mi compañero de asiento. Cuando abrí los ojos lo primero que distinguí fueron unas piernas varoniles, desnudas, tostadas por el sol... hermosas... luego un short deportivo. Durante mi duerme-vela se habían producido cambios sustanciales y sustanciosos, el sacerdote se había bajado de la guagua y en su lugar se había sentado un chico que ahora me miraba con una hermosa sonrisa.
-Disculpa, de verdad...
-No hay problema, te dormiste y me daba pena despertarte-me contestó él mientras se frotaba el hombro-seguro que te levantaste temprano para ir a la playa. ¿Vienes de la capital?
-Sí-dije, con ganas de añadir ¨en contra de mi voluntad, secuestrada, raptadaaa¨.
-Ah bueno, ya falta poco para llegar a Larimar. Trabajo en la playa, hoy hace un día estupendo, seguro disfrutarás mucho-me aseguró otra vez sonriendo. 
En ese momento lo miré un poco más detenidamente y comencé a pensar que la playa Larimar no podía ser tan terrible como ese aguafiestas de Frederick me la quería pintar. 

(Continuará)

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